El Castillo de Chambord

 

Magnífico crepúsculo de la Edad Media

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Una característica expresiva de las grandes construcciones medievales es el hecho de que ellas piden, de quien las contempla, el tributo de un amor eminente y abnegado, estimándolas más que a sí mismo. Un ejemplo de eso es la bellísima Catedral de Notre Dame de París, que manifiesta, ante los que se aproximan a ella, un convite perenne para esa dilección superior.

El mismo pedido nos es hecho, a manera de susurro, por otra preciosa joya de arquitectura, esta ya no medieval, sino que conserva algo de medievalizante: el castillo de Chambord.

Cuando lo visité, a fines de 1988, tuve ocasión de percibir allí restos de la gracia que soplo sobre Europa y dio origen a la Edad Media, poniéndose siglos después, lentamente, como un sol esplendoroso.

Chambord es una de las irradiaciones de ese ocaso de la Cristiandad medieval, de un ocaso magnífico, como también es magnífica la Cristiandad.

Durante mi visita, volví la vista continuamente hacia esta consideración: cada detalle del castillo refleja de un modo espléndido el espíritu católico, aunque bajo la forma de un crepúsculo glorioso. En el fondo, yo contemplaba en Chambord destellos de la Santa Iglesia Católica, a la cual amamos con un amor tan inmenso, que este amor se vuelve la razón y el fundamento de todas nuestras demás bienquerencias. Y es porque el alma católica me encanta, es porque en ella discierno la luz del Divino Espíritu Santo, que me aplace admirar Chambord.

En ese castillo todo es amabilidad, armonía, levedad, elegancia, fuerza y coraje. Ahora bien, es la gracia de Dios que concede a los hombres la posibilidad de ser así y de imprimir en sus obras reflejos de esos predicados. Y la gracia les llega a través de la Iglesia Católica, de sus enseñanzas, de su apostolado e influencia maternal. Gracias e influjo materno que, en Chambord, tocaron profundamente mi sensibilidad.

Esa maravilla que yo soñaba con conocer, se encontraba cerrada a los turistas en la tarde que allí llegué. Sola, silenciosa, envuelta en las penumbras discretas del preanochecer que comenzaba. El conjunto reflejaba aquella especie de poesía, de tristeza y de belleza especiales de las cosas abandonadas. Me separaba del castillo un terreno cubierto por una hierba que nació de un modo más o menos fortuito, pero adquirió un encanto extraordinario, realzado allí por graciosas florecillas blancas que surgen inocentemente de la grama.

A la derecha se destacaba una capillita de un gótico flamboyant del siglo pasado, en perfecta armonía con el estilo de Chambord.

La floresta, sobre la cual incidía una luminosidad amena, me pareció de una rara belleza, inmersa en una melancolía suave y discreta. Contemplando aquellos árboles, daba la impresión de ver un mundo de personajes que participaron de toda la existencia áurea de Chambord, y que ahora se encontraban más allá del río que nos separa de la eternidad, considerando con cierto pesar la derrota de todo cuanto ellos conocieron y representaron.

Por su lado, el castillo, con su inmensa belleza, altivez y fantasía, se erguía a la manera de un grand-seigneur paseando por sus dominios. Hierático, algún tanto distante del mundo a su alrededor, un grand-seigneur que, el mismo día, por la mañana tomó parte en una batalla, y en la tarde recibió invitados para una fiesta en la cual danzó, y al final de la noche se puso a caminar solo por la floresta. Y lleva consigo algo de la batalla, de la danza y del monte.

¿Qué tiene el castillo?

Proporciones muy bonitas y un universo de chimeneas de tamaños variados, brotando como champignons por toda parte, en una verdadera maravilla de pequeñas cúpulas y torres, algunas más grandes, otras más pequeñas, que causan la impresión de que cierto humus pasó del suelo al castillo, y de este al aire. Ese humus indescriptible es el responsable por la gran fantasía que existe en Chambord, enmarcada por una regla, una línea y una armonía que nos dejan encantados.

De vez en cuando, el silencio de aquellos instantes era interrumpido por diferentes cantos de pájaros. Ora era un largo trinado, como si del fondo de los siglos algo dijese: “¡Yo aún vivo!” Ora era un ave que, perseguida por otra, exhalaba un grito de desesperación, atrayendo nuestra atención hacia una especie de drama pungente y oculto que se desarrollaba en medio de aquella arboleda.

Poco después los pájaros enmudecían, el silencio se recomponía en torno del castillo, y Chambord continuaba su viejo sueño, triste, digno, seguro de sí mismo y abandonado. Y las penumbras del atardecer y las últimas incidencias de un lindo crepúsculo, brillando sobre un extenso gramado de relva salvaje, mal plantada pero que debería ser así – todo se tornaba húmedo de absoluto, impregnado de gracias celestiales.

Sí, una vez más es la gracia que nos hace admirar en Chambord lo que, sin el auxilio de ella, no nos sería perceptible. Son expresiones del castillo, son impresiones y sentimientos que él solo transmite a quien es favorecido con esa asistencia sobrenatural.

Y dejamos transcurrir el tiempo allí, con la intención de vislumbrar la gracia como una luz encendida en el interior de Chambord. El propio castillo sería el abat-jour esplendoroso, extraordinario, aunque lo más apacible era considerar esa luz celestial que acentúa su belleza inenarrable, su tranquilidad recogida, su majestad.

Era imposible que Chambord fuese tan bello, tan perfecto, y que Dios no estuviese presente allí. Era imposible que aquel castillo poseyese esa perfección y esa belleza, si estas no fuesen fruto de las lágrimas de María y de la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo.


(Revista Dr. Plinio, No. 12, marzo de 1999, pp. 33-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Last Updated on Thursday, 03 September 2020 18:23