La sublimidad de la belleza en la Edad Media

La Edad Media tendió hacia pulcritudes que se fundirían en un solo orden grandioso apuntando hacia el Reino de María. El Humanismo procuró provocar sensaciones meramente sensibles y fragmentadas, prometiendo al hombre una falsa felicidad en esta Tierra. De ese concepto equivocado de felicidad deriva todo el desmoronamiento tortuoso por el cual se precipitó el mundo contemporáneo.

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Un hombre privado enteramente de cualquier forma de pulchrum1, hasta de las más modestas, perecería primero deformándose, después marchitando en su personalidad. Llevaría una vida tan arrastrada, tan difícil, tan inconveniente de ser vivida, que equivaldría casi a una muerte.

El hombre tiene necesidad del pulchrum

Se puede realizar bien eso imaginando lo que se cuenta con respecto al Delfín de Luis XVI y María Antonieta, en la prisión del Temple. Murado vivo, sin nunca asearse ni bañarse, sin tener aire libre, perpetuamente en la oscuridad, sin interlocutores, recibiendo la alimentación – ya se puede imaginar qué comida y qué bebida…– por medio de una de esas ruedas junto a una puerta, y el resto del tiempo completamente aislado.

Era un ente completamente privado de pulchrum. Se diría que lo más terrible era estar privado del afecto paterno y materno. Eso es evidente, y es nocivo hasta el más alto grado. Sin embargo, aunque recibiese demostraciones de ese amor, si él no tuviese algún contacto con una realidad sensible bella; por ejemplo, jamás viese al padre y a la madre – apenas tomase conocimiento de notas que ellos le mandaban, porque estaban prohibidos de entrar –, él tendría la noción de la perseverancia del afecto de sus padres, pero eso no bastaría. Sería necesario tener algo bello.

Absolutamente hablando, la necesidad del pulchrum no es como la del aire, sin el cual la persona muere, pero es la que conduce a una situación casi intermediaria entre estar vivo y estar muerto.

En el campo doctrinario existen aquellos que, cuando enseñan tomismo, aunque no afirmen claramente, insinúan que para comprender bien el pensamiento de Santo Tomás es necesario alejar el pulchrum de cualquier reflexión y ponerse en una actitud donde solo entra el raciocinio. Eso es completamente falso y antitomista.

Todo lo verdaderamente bello favorece la virtud

El trecho sobre María Antonieta, del historiador inglés Edmund Burke que tuvimos la ocasión de comentar2, tiene una belleza innegable. No obstante, se trata de un pulchrum moral.

Todo aquello que es auténticamente bello, de por sí, favorece la virtud. No me refiero, claro, a una obra de arte estéticamente bonita, mas inmoral, la cual en sus detalles podrá despertar lubricidad. Esa es otra cuestión. Pero si una obra de arte es verdaderamente bella, ella despierta la pureza, porque la inocencia se complace con la belleza.

El pulchrum moral de la Contra-Revolución está en el hecho de que todo cuanto ella dice y quiere, los caminos por ella seguidos tienen un aspecto de belleza, de lo contrario no sería Contra-Revolución. Sin embargo, la naturaleza de esa belleza varía mucho. Por ejemplo, Godofredo de Bouillon trepando las murallas de Jerusalén, tomándose la ciudad y dirigiéndose al Santo Sepulcro, seguido por sus guerreros, tiene una belleza de erizar. Es una acción de carácter religioso-moral, tanto más cuanto es religiosa, y posee un pulchrum duplo: es la belleza del establecimiento de un orden y de la destrucción del desorden que se oponía a ese orden.

En la Edad Media, el pulchrum no era tomado apenas en un sentido determinado. Me explico tomando como ejemplo un nombre que expresa cierta idea de pulchrum moral: Ricardo Corazón de León. Me refiero exclusivamente al nombre, pues el personaje no valía nada. El rugido del león tiene su majestad, su belleza. Un hombre que se llama Corazón de León da a entender que él quiere tener ese coraje. Y como él estaba vinculado todavía al ambiente medieval, se piensa en un hombre de la Edad Media que tiene corazón de león. Ahora bien, le queda muy bonito a un medieval tener corazón de león.

Pero el pulchrum medieval no consistía apenas en tomar un concepto así – de un hombre con corazón de león –, sino en una idea sintética de la colaboración de todas las bellezas para la constitución de una resultante de la suma de todas las pulcritudes, a fin de causar al mismo tiempo una impresión única que sería casi una visión sensible de lo bello en cuanto bello, de una belleza metafísica.

Es propiamente lo que el medieval procuraba, por ejemplo, con aquellos vitrales de la Sainte-Chapelle. Aquello es una sinfonía de colores donde cada nota tiene su efecto para producir no solo un bonito lila o un rojo en tal pedacito de vidrio; eso existe y tendríamos el deseo de mandar a hacer una capilla solo con tonos de ese rojo o de ese lila. Sin embargo, lo que queda en el espíritu humano de idea y de sensación viva del pulchrum es lo que resulta de la coexistencia y de la coordinación de todo eso junto.

Se engaña, por lo tanto, quien piensa que son los vitrales lo más bonito en la Sainte-Chapelle. Lo más bello es una especie de arquicolor aparentemente incolora allí existente, como si estuviésemos en un líquido compuesto de todos aquellos colores al mismo tiempo. Es lo sublime de la belleza de la Sainte-Chapelle.

Orden grandioso que apuntaba hacia el Reino de María

En general, la Edad Media tendía hacia síntesis gigantescas de esa naturaleza, en que pulcritudes de varios tipos, de por sí, ya constituían pirámides de bellezas particulares, fundiéndose en un solo orden grandioso que apuntaría hacia algo – que el medieval no sabía, pero sería el Reino de María – donde todo fuese de una armonía arquetípica, desde la ordenación de las calles hasta la plantación de los árboles, a la manera del Cielo empíreo, y las personas se sintiesen envueltas por todo eso junto y, gozando anticipadamente del Paraíso, darían un grito de contentamiento: “¡Oh belleza! ¡Oh alegría!”

Eso nos da una idea del corazón humano recto que procura, ya en esta Tierra, una forma de felicidad ordenadísima que produce la suma felicidad.

La Revolución – sobre todo en su comienzo naciente en el fin de la Edad Media, en el Humanismo – procuró provocar sensaciones meramente sensibles y fragmentadas, prometiendo al hombre la felicidad en esta Tierra si él procurase cualquiera de esos placeres aisladamente e hiciese de eso el campo de su felicidad. La promesa era: “¡Goce de eso y de varias cosas así a su gusto, pero no constituya una especie de síntesis, porque la síntesis lo sacará de la realidad!” He ahí la gran mentira. De ese concepto errado de felicidad deriva todo el desmoronamiento tortuoso por el cual nos precipitamos donde estamos.

La verdadera felicidad

Para el medieval, la noción de felicidad consistiría en la tendencia continua hacia el verum, bonum y pulchrum.

No se puede concebir a un hombre que procurase el pulchrum el tiempo entero y no buscase, en las debidas proporciones, también el verum y el bonum, inclusive un artista. Evidentemente, él no los procuraría separadamente, pero tendría la visión de conjunto del verum, bonum y pulchrum de su obra de arte.

Si bien esa visión global dé la verdadera felicidad en esta Tierra, es necesaria mucha rectitud para que la persona la quiera tener. Por eso ella horripila al hombre moderno, pero extasía al verdadero católico, aunque este se encuentre cargado de cruces. Yo casi osaría decir que extasía en el sentido místico de la palabra. Porque la sed de contemplación, y el hecho de encontrarse saciado solamente en la medida en que se realiza la contemplación, corresponde a una primera gracia que la persona recibe de modo germinativo, un primer toque, con la inocencia. El mundo actual está hecho para excitar en el individuo el abandono de eso para lanzarse en los placeres fragmentados.

Antiguamente los transatlánticos procuraban realizar eso. Eran palacios flotantes donde a todo momento se ofrecía un pequeño placer. Entonces, salones magníficos en los cuales los meseros servían helados, bebidas, sándwiches, etc. En uno de esos salones se tocaba música, en otro había juegos, en otro había no sé qué…

En la cubierta quedaban dispuestas unas sillas reclinables anatómicas, idealmente cómodas, con colchón de revestimiento suave, en fin, todo era muelle. Y cuando la persona se encontraba enteramente a gusto, venía un empleado que hacía un saludo y ofrecía, en una bandeja, refrescos según el gusto del cliente, que sorbía aquello mientras miraba el esplendor del mar.

Quedaba subyacente la idea de que vivir en un navío de esos, o en un mundo todo él hecho de una suma yuxtapuesta de sensaciones agradables, era la propia definición de felicidad.

Ahora bien, yo, que por temperamento y modo de ser tengo una enorme tendencia a apreciar esas cosas y a procurar en ellas la felicidad, estoy seguro de que, cuando me hubiese saciado con todo eso, me daría cuenta de que habría en mí un vacío que esas delicias no llenaron, pero si yo entrase en la Sainte-Chapelle, diría: “¡Encontré la felicidad!”

1) Pulchrum: lo bello, junto con el verum (lo verdadero) y el bonum (lo bueno) son transcendentales del ser.

2) Ver el artículo: María Antonieta, Reina de Francia en la sección Valores de la Historia, en nuestra página, traducido de la Revista Dr. Plinio No. 268, p. 12-18.


(Revista Dr. Plinio, No. 269, agosto de 2020, pp. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 21/8/1994  Título del artículo en la Revista: Visión de conjunto del verum, bonum y pulchrum).

Last Updated on Thursday, 13 August 2020 19:55