El unum de Venecia y el mar

Entre los bellísimos monumentos de Venecia, ciudad cuya unión con el mar atrae a turistas del mundo entero, se destaca la Catedral de San Marcos, todo un poema construido en torno de la Santa Misa, donde la Pala d’Oro1, con su portento de esmaltes y colores, contribuye no solo a la cultura artística, sino principalmente a la formación religiosa del pueblo de Dios, lo cual hace de esa obra de arte un verdadero tesoro.

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Estando en Venecia, en mi último viaje a Europa1, tuve la oportunidad de transponer en lancha un brazo de mar, saliendo de Venecia en dirección a dos islas que quedan en frente: San Jorge y Giudecca.

El Cónclave que eligió a Pío VII

A medida que nos distanciamos de Venecia, vamos viendo un cambio de panorama que merecería ser comentado, que es el siguiente: cuando la lancha está a una distancia aún pequeña de la ciudad, no se goza tanto de la proximidad del mar porque la atención queda enteramente absorbida por los monumentos. Además, el ser humano no consigue fijar bien la atención en la conjunción monumento-mar, porque el mar es muy amplio, el monumento muy bonito, y ora uno, ora otro, divide la atención del hombre.

Con la distancia, por el contrario, se va formando un unum de Venecia con el mar, por el cual, en un primer momento, se trata de considerar cómo la ciudad es bonita vista a partir del mar. Mucho más lejos, la ciudad va quedando al fondo del panorama y el mar atrae más la atención. Por fin, Venecia se vuelve apenas una moldura distante para el mar, cuya belleza es resaltada al ser enmarcado por ella.

La isla de San Jorge está toda tomada por la Basílica y el Monasterio del mismo nombre. Es, por lo tanto, una isla-monasterio. A fines del siglo XVIII, cuando el Papado parecía destrozado, el Papa Pío VI, muy enfermo, fue arrastrado a la fuerza por los revolucionarios franceses y llevado prisionero a Francia.

Al llegar a la ciudad de Valence, el pueblo quería verlo, aglutinado del lado de afuera de la casa donde el Pontífice estaba. Él se arrastró hasta el balcón para evitar una agresión del pueblo y se presentó diciendo: “Ecce homo – He aquí el hombre”, que fueron las palabras con las cuales Poncio Pilatos presentó al populacho a Nuestro Señor flagelado, coronado de espinas, con el manto de ignominia y la caña de bobo en la mano. Pío VI, para significar cómo estaba reducido a casi nada, dijo de sí mismo que estaba como Nuestro Señor. Es una cosa que un Vicario de Cristo puede decir, cuando se encuentra en esa situación tristísima.

Cuando él murió, muchos tuvieron la locura de pensar que no habría más Papas y la Iglesia Católica iría desapareciendo poco a poco. El Emperador de Austria era señor de Venecia en aquel tiempo y resolvió realizar un cónclave para que los cardenales eligieran un nuevo pontífice. El soberano proporcionó todas las condiciones para que el cónclave se realizase en esa isla, y allí fue elegido Pío VII como Papa.

A partir de la Isla de San Jorge, la distancia de Venecia se hace sentir menos que desde la Isla Giudecca. Por lo tanto, no es aún verdad decir que la ciudad sirve de moldura al mar. Por el contrario, Venecia y el mar se completan, el uno embellece al otro.

Para valorar mejor la belleza de ese panorama, imaginen que una empresa colosal resolviese proponer al Gobierno italiano, por razones de transporte, desviar ese brazo de mar, y construyese encima de eso una avenida de asfalto. ¿Podemos imaginar la fealdad que eso tendría? Por otro lado, si estallase una guerra que destruyese a Venecia, ¿valdría la pena ir allí por causa de la mar? Sin embargo, la conjunción Venecia-mar atrae a turistas del mundo entero.

El Triunfo de la Cruz sobre el creciente del Islam

Tenemos una vista de la Plaza de San Marcos que puede ser mejor admirada en las horas en que está menos tomada por turistas. Noten la enorme diferencia de estilos que existe entre el campanario y la Basílica. Con todo, vean qué variedad agradable eso ocasiona. ¡Es una verdadera belleza! ¡Cómo la forma, a la manera de un cetro, de esa torre dura, fuerte y alta contrasta con el entramado gracioso y amable de la Basílica! Cada cosa realza la belleza de la otra y forma un conjunto lindísimo.

La “Torre del Reloj” es uno de los monumentos más famosos de Venecia. Se compone de un cuerpo central, donde se encuentra el reloj que da nombre al edificio, y dos pisos laterales bonitos, pero mucho más discretos, que dejan todo el realce al predio principal, sirviéndole de moldura, pues, aunque no hubiese esas edificaciones alrededor, esa parte ya constituiría una torre.

El reloj es muy bonito. El cuadrante es de un azul bien oscuro con diseños dorados y los números están inscritos en círculos de piedra. En cada ángulo se encuentra una pequeña circunferencia labrada.

La torre es fundamentalmente un homenaje a Nuestra Señora. En la parte más visible de la misma está la Santísima Virgen con el Niño Jesús. Con ocasión de la Navidad, entran en escena los Reyes Magos precedidos por un ángel – movidos por un sistema mecánico –, y pasan delante de la Virgen Madre con su Divino Hijo para reverenciarlos.

En la construcción de la torre, Venecia no se olvidó de sí misma y colocó en un lugar menos central, pero bastante evidente, el emblema de la ciudad: un león alado, símbolo del Evangelista San Marcos, bajo cuyo patrocinio está la Serenísima República

Ese es un predio destinado a la vida civil común, no se trata de una iglesia. Sin embargo, vean cómo está impregnado profundamente de religión, de tal manera que encontramos en casi todos los motivos decorativos una alusión religiosa. Inclusive arriba, los moros que están tocando la campana. Venecia tenía esclavos moros aprisionados durante las guerras, las cuales, generalmente, se daban por un motivo religioso. Los venecianos eran católicos y los moros mahometanos. Los esclavos debían servir a sus señores; entonces están representados allí los esclavos moros tocando la campana. O sea, es el triunfo de la cruz sobre el creciente del Islam.

 

Caballos que parecen conversar

Los famosos caballos de Venecia, en realidad pertenecían al Imperio Bizantino, habiendo sido llevados desde Constantinopla como presa de guerra. Son considerados una verdadera maravilla en su género, porque representan con una vitalidad y naturalidad asombrosas a cuatro caballos que van en una marcha un poco viva, pero no al galope. Es muy interesante la interrelación de ellos. Un caballo no conversa; sin embargo, estos están como conversando. Noten el movimiento de cabeza del primero hacia el segundo y del tercero hacia el cuarto. Se percibe eso en los animales, a veces; están como conviviendo, casi como si conversasen. Consideren la discreción del movimiento de las patas, nada forzado. Es la marcha común de caballos en una calle, pero son animales de categoría.

Napoleón, quien era un gran ladrón, los llevó a París. Cuando él cayó, el rey legítimo de Francia, hermano de Luis XVI, Luis XVIII, restituyó a Venecia esos caballos robados. El Rey legítimo no quería ser dueño ilegítimo de un tesoro de esos. Entonces fueron reinstalados.

Más recientemente se descubrió que el aire del mar y otras circunstancias estaban deteriorando los caballos. Para evitar eso, que sería una pérdida irreparable, fueron hechas copias exactísimas, las cuales quedan expuestas a la intemperie, mientras los originales permanecen en un lugar donde están a salvo de los factores de deterioración.

Un poema construido en torno de la Santa Misa

En el interior de la Basílica de San Marcos se nota una serie de arcos que culminan en un último arco, cerrado en una especie de semicírculo todo adornado con mosaicos preciosos. El cuerpo de la iglesia está formado de tal manera que tiene arcos hasta el final. A los lados, los arcos se interrumpen en cierto momento para recomenzar después, dejando un espacio vacío.

La catedral está construida en forma de cruz. El Cuerpo sagrado de Nuestro Señor estaría a lo largo de la nave central, y en las naves laterales los brazos, el principal de los cuales, hacia donde se inclinó la cabeza sagrada del Redentor en la hora de la muerte, queda a la derecha del altar. Entonces la idea de la Cruz, del sacrificio, de la muerte y, por lo tanto, de la Redención infinitamente preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, y de que la Misa renueva de modo incruento el Santo Sacrificio del Calvario, queda simbolizada muy adecuadamente por esa disposición.

En primer plano vemos una cruz dispuesta de manera a ser observada por quien entra y por quien está en las naves laterales. Por lo tanto, en cualquier lado en que se esté se ve el símbolo de nuestra Redención, indicando el significado central de la catedral, que es el de ser el lugar donde se celebra la Misa, acto supremo de la piedad católica. Así, esa Basílica es todo un poema construido en torno de la Santa Misa.

Más allá de esa especie de reja de columnatas, hecha de piedras lindísimas, que separa el altar mayor del cuerpo de la catedral, vemos a la derecha y a la izquierda los púlpitos desde donde los sacerdotes y los diáconos leen las Sagradas Escrituras y cantan el Oficio sagrado.

El suelo en Venecia es de tal manera húmedo, que presenta resistencias desiguales a los pesos que carga. Entonces, hay partes del suelo que son un poco más profundas, otras más sobresalientes, y es necesaria cierta atención para no perder el equilibrio y caerse de repente. Pero ese piso es hecho de tal manera que en ningún lugar ese movimiento del terreno perjudicó los mosaicos. Todos están perfectos.

La Pala d‘Oro

En lo alto de esa especie de división están las imágenes de Nuestra Señora, de San Juan Bautista y de los doce Apóstoles, reunidos en torno de la cruz. Noten la belleza de esa división y cómo marca muy bien la diferencia entre el sacerdote y los fieles. El sacerdote es el ministro de Dios, escogido por Él para representar a los fieles ante Él. Es él quien tiene el poder de celebrar la Misa, y por sus palabras se opera la transubstanciación. Nosotros, los fieles, no tenemos ese poder. Sin embargo, esa separación tan categórica es toda hecha con amor, y por esa causa vemos cómo la Iglesia adorna y orna esa división y acentúa en ella la jerarquía establecida por Nuestro Señor Jesucristo.

El retablo del altar mayor es la famosa Pala d‘Oro. Examinando esos esmaltes, vemos cómo cada uno es una verdadera maravilla. Pero el Génesis dice que Dios, habiendo concluido la obra de la Creación, descansó el séptimo día, y contemplando lo que había hecho, vio que el conjunto era muy bueno. Es toda la verdad: el conjunto de las cosas excelentes tiene más belleza que la mera suma de las excelencias que lo constituyen, individualmente consideradas. Es una regla de la armonía.

En el centro, vemos un esmalte representando a Jesucristo rodeado de los cuatro Evangelistas. Arriba, a la izquierda, San Marcos; a la derecha, San Juan. Abajo, a la izquierda, San Mateo; a la derecha, San Lucas.

En esta obra de arte encontramos, en un portento de esmaltes y de colores, un gran número de escenas, de personas y de fisionomías. Y en un primer golpe de vista consideramos una belleza hecha de la mezcla indefinida y multiplicada de colores, formas y figuras, muy deleitable a la vista, pero también muy conveniente a la piedad, porque los ojos quedan atraídos para detenerse sobre temas santísimos, cristianísimos; lo cual contribuye, en primerísimo lugar, a la formación religiosa y, en segundo lugar, a la cultura artística del pueblo de Dios.  Todo eso hace de la Pala d‘Oro un verdadero tesoro.

1) En italiano, retablo de oro.

2) En ese viaje, el Dr. Plinio estuvo en Venecia desde el 30 de septiembre hasta el 5 de octubre de 1988.


(Revista Dr. Plinio, No. 263, febrero de 2020, pp. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 7/12/1988).

Last Updated on Wednesday, 26 February 2020 16:28