Un guerrero que descansa

Al ver fotografías del Castillo de Coca (España), el Dr. Plinio analiza el estilo de vida que sus habitantes llevaban, y la defensa que tal construcción significaba contra los enemigos.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

La primera impresión causada al ver fotografías del Castillo de Coca es de que se trata de algo irreal. Se tiene el deseo de decir: “Esto no existe”.

El artista supo fotografiar el castillo en una hora de un contraste muy feliz: el cielo sombrío y el castillo muy iluminado. Si el cielo fuese azulado y no amenazante, el castillo perdería algo.

Pero no se trata de un sombrío cualquiera, pues se nota en el cielo una parte luminosa. Se diría que un rayo acabó de pasar por allá como una centella, dejando el resto de luz que lo ilumina tan magníficamente.

¡Qué castillo! Da la impresión de ser tan grande, tiene tantas torres y murallas, tantos salones y espacios, que se diría ser un castillo inconmensurable, de cuentos de hadas.

Imaginemos el vivir delicioso de lo que habitan en él. Capilla interna magnífica y grande como una catedral; estupendas salas de comedores, de recepción, de trabajo, de reuniones políticas, dormitorios extraordinarios; todas las formas de comodidad del tiempo en que ese castillo fue construido, para un número indefinido de personajes. Personajes nobles, vestidos con riqueza, de maneras refinadas; cuando se encuentran en los corredores se saludan con ceremonia y hacen grandes reverencias, y al mismo tiempo murmullan y hacen política los unos para con los otros, o contra los otros, en el vaivén de la vida de todos los días.

Realmente, ese castillo fue construido con una preocupación artística muy aguzada. Por ejemplo, está marcado por unas franjas blancas en toda su extensión: son piedras de otra calidad, que forman una especie de alternancia y contribuyen para su belleza.

Observado el castillo, se nota en su parte central un torreón, que es un mazo de torres coligadas entre sí. Delante de ese torreón se percibe un patio enorme, cercado de altas murallas y grandes torres, en cuyas extremidades hay un conjunto especial de torres, que forma una especie de equilibrio con el del centro. Después, eso se repite, hasta llegar al patio externo del castillo. Parece que está separado por un foso de agua o por un río.

El castillo nos habla, sin duda, de una refinada vida noble con mil delicadezas de la civilización cristiana. Sin embargo, estas se deterioran cuando existen en un clima sin heroísmo. Ahora bien, ese castillo es hecho para combatir. Es una fortaleza calculada para resistir a un cerco tan largo, que las tropas del adversario vayan quedando cada vez menos numerosas y acaben desistiendo del ataque. Así, los asediados pueden mandar avisar a los aliados, para que vengan en su socorro.

Ese castillo es tan enorme, que casi no se imagina cómo una tropa pueda cercarlo por entero; siempre queda con una portezuela libre para que salgan los mensajeros o entren los aliados. Es inconquistable o muy difícil de conquistar. Cuando los adversarios eran tan numerosos que conseguían hacer el cerco del castillo, ¿Cómo se defendía el castellano? Mandaba un aviso a sus aliados por medio de palomas mensajeras, soltadas desde una de las torres más elevadas, a fin de levantar vuelo bien alto y no ser alcanzadas por las flechas del adversario. En una de las paticas, llevaba amarrado de una pequeña argolla un mensaje firmado por el señor de este castillo para algún aliado suyo.

A veces los castillos muy seguros tenían también uno o varios subterráneos, que conducían a lugares tan distantes, que el sitiador desconocía: una gruta, donde de repente se movía una piedra y salía un mensajero, rápido como una centella; un árbol varias veces centenario, en el cual se había abierto una salida desde donde saltaba un hombre y corría llevando un aviso. En algunos casos, esos locales eran guarnecidos por un vigilante oculto, de tal manera que, si el adversario quisiese entrar allí, de repente una flecha lo alcanzaba por la espalda y moría.

El sistema de defensa del castillo era el siguiente: en primer plano se ve una serie de murallas, en lo alto de las cuales debemos imaginar, en los grandes días de cerco, arqueros que lanzaban flechas sobre los enemigos más próximos; a veces eran flechas incendiarias que quemaban a las personas alcanzadas o lanzadas en la retaguardia donde estaba el noble que dirigía el asalto, que dificultaban la manutención del ataque. Si por ventura el sitiador consiguiese sobrepasar la primera muralla, tendría después otras batallas delante de la segunda, y por fin frente a la tercera. De manera que eran tres guerras concéntricas.

Ahora bien, los que asaltaban el castillo eran siempre personas que venían de otras regiones. Los habitantes del lugar no les daban comida y les indicaban caminos equivocados. En la noche, cuando los sitiadores dormían, la población prendía fuego a sus tiendas. Durante el día, cuando los primeros se presentaban para combatir, quedaban expuestos al aire libre, mientras los sitiados luchaban detrás de murallas. Comprendemos así que un castillo de estos es una potencia.

De la idea de resistir siempre, y con coraje, proviene cierto aire heroico de este castillo, que constituye el pináculo de su elegancia.

Una de las mejores definiciones de la elegancia, tal vez sea esta: la liviandad y la distinción del guerrero cuando descansa. Quien no es batallador y polémico, no tiene verdadera distinción ni elegancia. Aquellos nobles que luchaban así contra las embestidas mahometanas, fuertemente apoyados por sus campesinos, en los cuales ellos veían hijos, y que los trataban como padres, hicieron, realmente, la defensa de España y extirparon en Europa el peligro musulmán.


(Revista Dr. Plinio, No. 137, agosto de 2009, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 5.5.1984).

Last Updated on Wednesday, 04 September 2019 21:51