La Catedral de Notre Dame y la de Colonia

Veamos cómo el Dr. Plinio comenta dos monumentos ápices de la Civilización Cristiana: la Catedral de Notre Dame, en París, y la de Colonia, en Alemania.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

No me puedo olvidar de uno de mis viajes a París. Llegué allí al comienzo de la medianoche, cené y fui inmediatamente a ver la Catedral de Notre Dame.

Era una noche de verano. El automóvil que tomé se dirigió desde el margen izquierdo del río Sena hacia la isla donde queda la Catedral, que estaba magníficamente iluminada. Pude, entonces, desde un ángulo completamente fortuito, contemplarla por un costado.

Desde aquella perspectiva me pareció tan bella, que tuve el deseo de decirle al motorista: “¡Pare, pues me quiero quedar aquí!”

Pensé conmigo mismo: “Sé que el resto de la construcción es muy bonito, pero creo que pocos la vieron desde este ángulo y pararon. Quiero ser de esos pocos, para poder alabar a Nuestra Señora desde este punto de vista que otros tal vez no hayan admirado suficientemente. Al menos se dirá que, una vez, un peregrino que vino de lejos amó lo que muchos otros, por prisa o porque no habían recibido una gracia especial, no llegaron a amar”.

Con relación a todos los grandes monumentos de la Cristiandad, después de admirar sus maravillas, tengo la tendencia a detenerme en los pormenores, en un acto de reparación, porque tal vez no hayan sido amados como deberían haberlo sido.

Quiero amar lo que debería haber sido amado y fue olvidado, y también sacar a la luz las verdades olvidadas, que los hombres ponen de lado.

Regresé al hotel con el alma llena de alegría. Y si alguien en aquel momento recordase la frase de la Escritura: “He aquí la ciudad de una belleza perfecta, alegría del mundo entero”, yo habría dicho: “¡Oh, cómo está bien expresado! Es exactamente lo que yo siento con respecto a esa Catedral”.

*   *   *

La Catedral de Colonia es muy bella. Pero, si me preguntasen si es más bonita que Notre Dame, yo no optaría por Colonia y respondería: “Sin duda, es Notre Dame”.

Sin embargo, al analizar la cuestión con cuidado, es discutible que Notre Dame sea la más bella. Esto por causa de un solo trazo de la Catedral de Colonia, de tal modo superior, que se queda sin saber qué decir. Me refiero a sus torres. Ellas se yerguen del piso con un élan1 tan grande, y se lanzan hacia el aire con tanta altivez y tan inesperadamente, que se tiene el deseo de preguntarles: “¿Queréis volar?!”

Ellas proclaman una gran victoria del hombre sobre la ley de la gravedad – ley que atrae al hombre hacia abajo y hace difícil la vida – y de tal forma parecen perderse en los cielos, que llevan el alma a un movimiento audaz en el deseo de lo inimaginable, más bello que todo aquello que fue idealizado y hecho en Notre Dame.

En la Catedral de Colonia no resalta la armonía perfecta, ni la simetría incomparable, ni la proporción entre el suelo y el edificio, como en Notre Dame; pero sí el esplendor de la desproporción, de aquello que supera todas las reglas y las trasciende, como diciendo: “Universo, venero tus lindas reglas, te quiero, hago parte de ti, pero dentro de ti elevo la mano hasta Dios, tu Autor.”

Estos también son los anhelos del alma inocente: después de ver la regla, observa la armonía y se extasía con ambas. No obstante, no se sacia al contemplarlas, porque percibe que fue creada para otro mundo situado por encima de esas reglas. Y el artista de la Catedral de Colonia tuvo esa sacrosanta genialidad: quiso sobrepasar lo meramente terreno.

Aquellas dos torres, tan cercanas – para que el efecto de una refleje a la otra – parecen dos pares de alas que suben al Cielo. De tal modo eso es así, que se tiene la idea de que está, cada una de ellas, estimulando a la otra en el élan1 hacia lo alto. Parecen subir juntas al ayudarse mutuamente. Vemos eso mejor si imaginásemos que hubiese apenas una sola torre: se perdería esa impresión. Por otro lado, tres torres serían demasiadas. Era necesario que fuesen dos – esas dos – volando hacia el Cielo.

Miramos la catedral y decimos: “Ella toca el Cielo”. Allí, el alma humana tiene la sensación de que el Cielo fue tocado.

Sin embargo, sería preferible que esas torres estuviesen más separadas, dando un espacio mayor a la fachada. Tal como están, los vitrales y los arcos parecen un poco apretados.

Cuando comparo esas medidas con el espacio armoniosamente llenado en Notre Dame, digo: “Sí, Notre Dame tiene otra aisance – otro estar a gusto –. Colonia da la sensación de una catedral apretada, puesta en un chaleco. ¡Es linda! ¡Tan bonita que se desearía sacarla de ese chaleco!”

¿A cuál de las dos catedrales dar el primado?

Se ve que Dios quería que existiesen ambas, para sumarse y cada una de ellas reflejar de un modo la grandeza de Él.

Y entonces, desde lo íntimo de nuestras almas, de nuestras inocencias, sube algo que es luz, superluz, pero, al mismo tiempo, penumbra u oscuridad, sin ser tiniebla: es la idea del conjunto de todas las catedrales góticas del mundo – las que fueron construidas y las que podrían haberlo sido, pero no lo fueron – dando una noción de conjunto de Dios, que, no obstante, es todavía infinitamente más. Entonces, Aquel que inspiró la construcción de todas las catedrales, de cierta forma se nos aparece. Y de ese modo vivimos más en el Cielo que en la Tierra.

Y, en consecuencia, nace el deseo de otra vida, de conocer a Dios; deseo tan interno en mí, que es más yo, que yo mismo, aunque tan superior, que no soy ni siquiera un grano de polvo en comparación con Él. Entonces exclamo: “¡Ah, comprendo, el Cielo debe ser así!”

 1) N. del T.: Del francés, impulso, ímpetu.


(Revista Dr. Plinio, No. 1, abril de 1998, pp. 26-27, Editora Retornarei Ltda., São Paulo - Título del artículo en la Revista: Cuando la Tierra toca el Cielo...).

Last Updated on Wednesday, 07 August 2019 17:38