Lo maravilloso superfluo

 

Plinio Corrêa de Oliveira

 

Cuando se discurre sobre el orden de cosas ideal para la existencia de un pueblo y de una civilización, creo que se debería hacer una distinción entre dos clases de benemerencia de los que contribuyen para esa buena ordenación: la de los que aseguran y hacen abundante lo indispensable, y la de los que aseguran y perfeccionan lo superfluo. Serán tal vez, dos formas de dar gloria a Dios, cada una en su ámbito – el “necesarista” y el “superfluista” o “perfeccionista”.

Para dar firmeza a este pensamiento es preciso tomar como base la tesis de que lo superfluo en verdad es indispensable, o sea, tiene que hacerse presente en lo cotidiano del hombre, y este debe notarlo por lo menos en sus semejantes, pues de lo contrario la vida terrena le parecerá demasiado estrecha y asfixiante.

Como, sin embargo, casi siempre lo superfluo es preterido en favor de lo necesario, procura hacerse eximio en calidad, a fin de valorizarse y, una que otra vez, alcanzar la victoria. Se perfecciona, se vuelve más adornado, más ornado, o se reviste de una simplicidad más impresionante, en fin, engendra mil formas en que la perfección se muestre como tal.

Ese concepto parece ilustrado superiormente por el ejemplo de Fabergé, célebre joyero de la corte imperial rusa a fines del siglo XIX e inicio del siglo XX. Era el orfebre de lo superfluo, y el encanto deslumbrante de sus piezas consistía en el esmero de la superfluidad.

De sangre francesa, llevó consigo al mundo ruso el charme característico de sus orígenes, y con él fecundó su talento de genio para confeccionar joyas que son verdaderos bibelots de sueños. Los más conocidos son los famosos Huevos de Pascua que el Zar encomendaba para dar de regalo a la Zarina y a otros familiares. Con la repetición del gesto en los años sucesivos, la “moda” de ofrecer los huevos Fabergé se difundió por la Europa de la Belle Époque – por lo tanto, hasta 1914, cuando estalló la Primera Gran Guerra –, constituyendo una perfección de la civilización de aquel tiempo.

La capacidad inventiva del artífice era inagotable, y en cada elaboración surgía una nueva maravilla, una joya más primorosa, algunas feéricas, reluciendo en sus colores seductores y en sus materiales preciosos diferentes, elaborados con extrema categoría. Huevos que se abren y dejan ver en su interior otro bibelot aún más rico y bello; huevos que son relojes, este con un pequeño gallo que señala las horas; aquel con un solo puntero en forma de serpiente delgada; otros esmaltados, con pinturas que retratan paisajes de la Rusia imperial; y hasta los que tienen fotografías de los miembros de la familia del Zar, y los que simplemente se revisten de oro.

Todos de pequeñas proporciones, como deben ser para comportar la dosis de raffiné y de rico que poseen. Si fuesen más grandes, perderían belleza y distinción.

Y todos procuran y logran despertar el maravillamiento. El maravillamiento de lo superfluo.

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(Revista Dr. Plinio, No. 120, marzo de 2008, pp. 30-35. Editora Retornarei Ltda., São Paulo. – Extraído de una conferencia del 23.3.1990).

Last Updated on Monday, 08 July 2019 17:50