El esplendor de lo maravilloso oriental

El Dr. Plinio tenía, entre otros dones, el de discernir el alma de los pueblos. Haciendo consideraciones con respecto al japonés, decía que, por detrás de su fisionomía impasible hay – además de una gran combatividad y capacidad de organización – una delicadeza casi lírica y un enorme espíritu contemplativo. Sus comentarios sobre paisajes de Japón nos ayudan a comprender y a admirar las cualidades niponas.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Resolví que fuesen proyectadas algunas fotografías de Japón1, para indicar ciertos panoramas profundamente diferentes de aquellos con los cuales estamos acostumbrados en Occidente, y en ese sentido, dignos de un análisis especial, con vistas a una pregunta: ¿cómo sería una civilización católica japonesa?

El Monte Fuji

Tomen en consideración el Monte Fuji, cuya belleza está en la dulzura de las formas con las cuales se extiende. Es algo indefinido, orientalísimo, lindísimo, con una naturaleza vegetal de un estilo completamente diferente del nuestro. Esos cerezos nos dan la impresión de una arborización hecha de cristal; ¡el color un tanto rojizo y el ramaje un poco cruzado son una verdadera maravilla, en cuanto delicadeza!

¡Observen cómo el Fuji desciende con una linda suavidad sobre las laderas! Podríamos imaginar dónde poner una imagen, un monasterio o una abadía. Pero sería necesario que apareciese un ingeniero, un arquitecto que tuviese la inspiración del que construyó la abadía del Mont Saint Michel. Porque, o se pone sobre el Fuji una obra de arte fenomenal que lo complemente, o no se coloca nada. El cielo es de un azul muy delicado, muy discreto.

Local ideal para una capilla o un éremo

Aquí vemos una construcción en un auténtico estilo antiguo. Noten las formas suaves con las cuales las puntas de ese techo se levantan, constituyendo ángulos.

Todo eso es muy recogido. Cómo le haría bien a una persona, por ejemplo, pasar una mañana paseando por ahí, caminando de un lado a otro por esos bosques, tomando una barcaza y navegando en ese lago y, llegando a esa construcción, abrigarse. ¡Cuánto recogimiento daría una cosa de esas!

Los pueblos de Oriente tienen un llamado especial a la vida recogida, y el número de vocaciones para las órdenes contemplativas es mucho mayor que en Occidente. El escenario convida a la contemplación. Es uno de esos paisajes que poseen, a mi modo de ver, el predicado más alto que puede tener un panorama en la Tierra: la calidad de retener. Las cosas que vemos y nos dan deseo de permanecer junto a ellas, son de primera clase. Aquello que nos quita la distancia psíquica2 y nos da el deseo de salir, es de quinta clase.

Ese panorama que estoy analizando nos convida a quedarnos allí. El tejado forma una especie de concha, tranquilizando al individuo que lo contempla. Se siente cierto aire de misterio sobrevolando en ese edificio y en ese paisaje. Es un silencio de todas las cosas, que dice algo que no sabemos qué es.

¿Es o no verdad que sería un local ideal para una capilla, erigida en honor a Nuestra Señora, o para un éremo3?

Castillo de la época feudal

Otro lindo edificio: un castillo del tiempo del feudalismo japonés. Consideren la delicadeza, el esplendor y la solidez de la construcción y, nuevamente, la delicadeza de la vegetación.

Para que sepamos cuál es el valor y la utilidad de algo, les aconsejo que imaginen cómo serían las cosas si eso no existiese. Supongan, por ejemplo, que ese castillo no tuviese esas puntas, sino que, por el contrario, todo terminase en un ángulo recto. ¿No sería algo sin gracia? ¡Cómo todo fue bien pensado! ¡Cuánto encanto y cuánta poesía tiene eso!

Si no hubiese esas figuras y esas puntas, ¿no quedaría monótona esa serie de pisos, uno encima del otro, pareciendo un juguete de niño que hace una torre con cubos cada vez más pequeños?

El encanto viene, precisamente, de esas puntas. Imaginen que alguien derrumbase esas dos figuras. ¿El castillo no perdería algo insubstituible? Ese techo, así todo plegado, ¡cómo nos da un punto de vista diverso! Por otro lado, acompaña el castillo preparando una transición entre esa masa de edificios y la planta baja. ¡Cómo todo está bien calculado, y es noble y distinguido!

Reino de lo maravilloso

Otro tipo de panorama típicamente japonés, todo hecho de belleza de los pormenores, es el de las cascadas. Cada nivel es una especie de estanque. A veces se tiene la impresión de que, al correr, el agua no hace un ruido estridente, sino un sonido a la manera de ciertas músicas japonesas.

Vean la belleza de ese árbol rojo. El rojo de la vegetación nos da la sensación de que el árbol se extiende, cubriendo con un toldo esas caídas de agua poéticas. ¿Cuál será la verdadera altura de eso? No sabemos. ¡Es, sin duda, un lindo panorama!

Al considerar la impasibilidad del japonés, no se sabe tan fácilmente qué pasa por su cabeza, por detrás de su fisionomía impasible. Y cuando nos preguntamos qué existe allí, notamos que, al lado de una gran combatividad, hay una delicadeza casi lírica, una gran capacidad de organización y un espíritu contemplativo enorme. Sin embargo, nosotros entendemos estas palabras a lo occidental. Sería necesario comprenderlas a lo japonés, que es algo diferente. Y no soy capaz de expresar eso, porque me faltan las palabras en el vocabulario.

Lo que yo llamo de “oriental” es lo siguiente: tomemos una cosa gótica, por ejemplo, la abadía del Mont Saint Michel; es bonita tanto cuanto una cosa pueda ser, pero no da la impresión de feérico de una cosa oriental, de cuento de hadas de Oriente. Y vale para el Oriente entero, porque algunos de esos paisajes son feéricos. Cuando contemplamos la Bahía de Guanabara, vemos que tiene aspectos lindísimos, de toute beauté4; pero no feéricos en ese sentido de la palabra, de que nos da la impresión de haber entrado en lo irreal. La naturaleza oriental es de una elevación tal que no es el esplendor de la realidad, sino de lo irreal. Ese es el don de Asia. Es el reino de lo maravilloso. Ese perfume de lo irreal es uno de los modos de llegar al Cielo.

1) Las fotografías que ilustran esta sección no son las mismas comentadas por el Dr. Plinio.

2) Expresión utilizada por el Dr. Plinio para significar una calma fundamental, temperante, que confiere al hombre la capacidad de tomar distancia de los acontecimientos que lo cercan.

3) Casas donde se vivía en régimen de recogimiento, dividiendo el tiempo entre el estudio, la oración y las actividades de apostolado. Ver Revista “Dr. Plinio”, No. 174, p. 13, nota No. 4.

4) Del francés: de toda belleza.


(Revista Dr. Plinio, No. 188, noviembre de 2013, pp. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Título original del artículo: El esplendor de lo irreal – Extraído de una conferencia del 19.2.1972).

Last Updated on Monday, 20 May 2019 15:25