¿El hábito no hace al monje?

El hábito monástico le facilita al hombre de buena voluntad hacerse un buen monje. Y lo mismo se puede decir del uniforme militar. Si el uniforme no hace al buen soldado, le ayuda mucho al militar a adoptar el espíritu de su clase...

 

El Hábito y el Monje

 

Plinio Corrêa de Oliveira

 

Hace parte del orden natural de las cosas que el hombre refleje su alma en la fisionomía, en la voz, en la actitud, en los movimientos. Y como el traje debe revestir el cuerpo humano, es natural que el hombre también se sirva del mismo como un elemento de expresión. Tanto más cuanto el traje se presta para eso de un modo eximio.

Ahora bien, la necesidad del alma para expresarse es una consecuencia del instinto de sociabilidad. De donde, negar al hombre esa posibilidad es, en sí, falsificar el propio modo de ser del alma.

Por eso, las costumbres consagraron en todos los tiempos y lugares ciertos trajes como siendo característicos de profesiones o de estados de vida que exijan una conformación de alma muy peculiar. Y siempre se entendió, con razón, que el traje profesional ayuda al hombre a realizar enteramente su mentalidad. De un militar que tuviese antipatía por el uniforme, de un juez que odiase la toga, nada de bueno se auguraría. Por el contrario, ¿cómo negar el respeto al clérigo que ama su sotana y se ufana de ella? Si un ejército suprimiese el uso del uniforme, ¿no recibiría un profundo golpe en su espíritu?

          Decir, pues, que el hábito no hace al monje o el uniforme no hace al héroe, es y no es verdad. En efecto, el hombre no se hace monje o militar auténtico, sólo por adoptar el traje propio de tal estado. Pero el hábito monástico le facilita al hombre de buena voluntad hacerse un buen monje. Y lo mismo se puede decir del uniforme militar.

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¿Cómo ilustrar, dentro de los estilos de esta sección, el efecto de la indumentaria sobre el estado de espíritu de un hombre?

Para no herir a nadie, nos abstenemos de dar ejemplos muy recientes. Y tomamos como material de estudio una figura histórica que comienza a emerger en la neblina de un pasado remoto. Se trata de Guillermo II, Rey de Prusia y Emperador alemán: el Káiser, en el lenguaje casero de los pocos brasileros que aún se ocupan de él.

Sería imposible negar que Guillermo II fue militar hasta la médula del alma. No fue un gran general, ni esa era su función. Pero su mentalidad, su estilo de vida y su estilo de gobierno prueban que como hombre, como jefe de familia y como soberano, el Káiser fue siempre y ante todo un militar.

Helo aquí en un campo de parada militar, transmitiendo el bastón de mando a un alto rango. Espléndidamente uniformado, montando su corcel con una naturalidad llena de garbo, el Emperador se siente visiblemente en su propio ambiente, en una situación en la cual se despliega con seguridad, con amplitud y con brillo, toda su personalidad. El rostro, el porte y el gesto manifiestan la pasión militar que, cuanto más se exterioriza, tanto más se afirma.

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Por el contrario, en traje civil se diría que ni siquiera es el mismo hombre. Su personalidad parece descolorida y su actitud forzada. Sus cualidades militares trasparecen en la medida de lo suficiente para contrastar con la indumentaria. Si el Káiser y todas sus tropas tuviesen que usar tal traje civil, ¿el ejército alemán habría sido lo que fue?

Evidentemente, no. Porque, si el uniforme no hace al buen soldado, le ayuda mucho al militar a adoptar el espíritu de su clase…

¿Y por qué no valdría para el clero, mutatis mutandis, el mismo principio?


 

Catolicismo, No. 62, São Paulo, febrero de 1956.

Last Updated on Tuesday, 22 November 2016 00:06