Popularidad de hoy y de otrora

Todo grupo humano siente una inclinación especial por los tipos que lo expresan más característicamente. Reyes y jefes de Estado buscaron a lo largo de todos los tiempos encarnar en sí mismos el alma nacional.

 

Popularidad de hoy y de otrora

 

Plinio Corrêa de Oliveira

El contraste entre la indumentaria, la actitud y el porte de estos dos hombres – un Rey de Francia antes de la Revolución y un presidente de Estados Unidos en el siglo XX – es tan inmenso, que parece imposible hacer cualquier comparación. En efecto, no pretendemos establecer un paralelo entre uno y otro hombre, lo cual no sería nada interesante para esta sección, que no estudia hombres personalmente considerados, sino solamente sociedades humanas, costumbres, ambientes y civilizaciones.

Para definir bien el punto de vista en que nos situamos en este comentario – pues se trata más de un comentario que de una comparación – ante todo debemos recordar un principio de carácter genérico. Todo grupo humano produce, por un proceso de lenta elaboración psicológica y casi diríamos de destilación, ciertos tipos que encarnan especialmente las cualidades y notas características del grupo. Así, hay boxeadores con los más variados trazos fisionómicos, pero hay un tipo ideal clásico de boxeador, al cual unos se aproximan más y otros menos, pero que, de algún modo, cada uno realiza en sí.

Lo anterior se podría decir de los locutores de radio. Hay naturalmente entre ellos una gran variedad fisionómica y más aún técnica. El modo por el cual se dirigen al público; el modo por el cual presentan la materia; el timbre y la inflexión de voz, varían casi al infinito. Sin embargo, considerado el asunto en tesis, se podría decir lo mismo de todas las profesiones, desde las más altas hasta las más modestas, desde las más antiguas hasta las más modernas.

Ahora bien, todo grupo humano siente una inclinación especial por los tipos que lo expresan más característicamente. Es un reflejo muy explicable del amor que el grupo tiene a sus ideales, a su mentalidad y a su propio modo de ser. De ahí la popularidad no sólo de ciertos hombres, sino de ciertos tipos literarios que nunca tuvieron existencia real, y hasta de ciertas figuras de caricatura como Juca Pato, que representa el pequeño burgués sensato, observador fino y al mismo tiempo algo ingenuo, y Jeca Tatú, la caracterización pintoresca, si bien que muy exagerada, del campesino brasilero.

Sintiendo al vivo la fuerza de la popularidad que resulta de este principio genérico, reyes y jefes de Estado buscaron a lo largo de todos los tiempos encarnar en sí mismos el alma nacional. Este propósito habrá sido apenas instintivo en unos, más nítido en otros, enteramente explícito e intencional en algunos pocos, pero de un modo u otro – genéricamente consideradas las cosas – todos los Jefes de Estado, en todos los tiempos, tratan de cercarse de exterioridades próxima o remotamente tendientes a reflejar cierto ideal social colectivo, constituyéndose así en blanco del aprecio y de la simpatía general.

 

La primera foto es un cuadro oficial de gran circunstancia, pintado por Rigaud [Hyacinthe Rigaud: Portrait de Louis XV, 1727-1729, Versailles, Musée National du Château], representando a Luis XV revestido de todas las insignias reales. Que el pintor haya sido Rigaud y el modelo Luis XV, importa poco a nuestro estudio, pues esta indumentaria y estas insignias se pierden, por así decir, en la noche de los tiempos, habiendo también servido a los ancestros del Rey. Lo que interesa es que se trata de un cuadro oficial, en el cual la actitud, el porte, la expresión, el ropaje del modelo y, en consecuencia, en alguna medida, la propia técnica del pintor, obedecen a cánones ya consagrados como capaces de impresionar favorablemente y “generar popularidad”.

          Flota en el cuadro una atmósfera de majestad, acentuada por el gran manto azul forrado de armiño y bordado de flores de lis doradas, y por el esplendor de las insignias reales. Defensor de la Iglesia, primer gentil hombre de su Reino, reuniendo exponencialmente en sí toda la distinción y la elevación de una nobleza que es a su vez el exponente de su propia nación, un Rey de Francia encarnaba así todos los ideales de una sociedad en que la Fe, la tradición, la destilación de valores a través de un proceso formativo de base familiar, realizado durante siglos por las familias de élite, eran elementos de los más esenciales para las Instituciones, generalmente aceptados y apreciados por la psicología colectiva. Entre más alto, más poderoso y más elevado el Rey, más ufano y dignificado el pueblo. 

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Precisamente en el tiempo de Luis XV esta mentalidad comenzó a cambiar, minando a la sociedad y preparando la Revolución Francesa, de la cual salió todo el mundo contemporáneo.

Esencialmente igualitaria, la Revolución Francesa modificó los criterios de popularidad. Los grupos humanos no se sintieron más encarnados y representados por sus figuras exponenciales, pues la figura exponencial es producto de una selección, y toda selección es anti-igualitaria. La popularidad cesó de convergir hacia los hombres excepcionales, superiores, para concentrarse en hombres-tipo, en los hombres masa. De ahí el hecho de que los cuadros oficiales que representan a los Jefes de Estado de casaca y con todas las condecoraciones, perdieran casi toda la capacidad de generar popularidad. Para ser popular, el Jefe de Estado no debe probar que es más que los otros. Muy por el contrario, debe probar que no es más que nadie, que es como todo el mundo. Por eso los cuadros oficiales se quedaron en las paredes de los grandes salones nobles que viven vacíos y cerrados, excepto en raros días de gala. Y los jefes de Estado comenzaron a dejarse ver por el público, sobre todo en periódicos y revistas, en las actitudes comunes de la vida cotidiana. Quisieron que el público se olvidara de que son Jefes de Estado, para aparecer como simples burgueses, en la era de la burguesía…

Ahí tenemos, pues, al Presidente Truman en una fotografía de página entera de una revista americana, tocando su piano de forma burguesa. Es necesario recalcar que esto no puede ser considerado típicamente norteamericano. Estos vientos soplan en el mundo entero, en la misma Europa no son raros los Presidentes y hasta los Reyes que obedecen a esta misma influencia. Insistimos: no hacemos aquí un comentario sobre un hombre y mucho menos sobre un país, sino sobre una ideología y una época. 

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          Así soplan los vientos. ¿Y hacia dónde soplan? ¿Llegará un día en el cual los Jefes de Estado tendrán el recelo de presentarse como burgueses y preferirán el chaquetón proletario de Stalin? ¿Y en el cual los diplomáticos adoptarán las maneras "fuertes" de Ana Pauker?

 


 

Catolicismo, No. 4, São Paulo, abril de 1951.

 

Last Updated on Tuesday, 22 November 2016 15:36