Llega san Nicolás

LLEGA  EL  BUEN  SAN  NICOLÁS 

El recuerdo del despertar con los regalos de san Nicolás colocados cerca a los pies en su cama, así como la inocente alegría de imaginarlo habiendo estado junto a él, hacía que Dr. Plinio viviera en una atmósfera “trans-feérica”(1) que lo preparaba en la infancia para afrontar posteriormente en la edad adulta, la dureza de la vida.

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Recibiendo los regalos

   San Nicolás fue un obispo del Asia Menor que tuvo mucho pesar de los necesitados, especialmente de las familias que se empobrecían por cusa de los malos negocios y otras razones. Se trataba a veces de personas de alta categoría social que tenían vergüenza de pedir limosna y, entonces San Nicolás recolectaba dinero o artículos y se los daba a esas familias, sin que ellas supiesen quién era el benefactor.   

   Ese prelado tenía la costumbre de pasar en la noche por las casas de los pobres, dejar los regalos por las ventanas y salir corriendo. Se impuso por eso la tradición de afirmar que, esa noche, el santo obispo afable, pasaba por todas las casas del mundo y dejaba juguetes para los niños mientras ellos dormían. Era entonces grandes cajas de regalos en hogares acomodados; cajitas pequeñas y afectuosas en las residencias con menos dinero; tal vez una florecita o un caramelo en las casas pobres. Para los niños, aquello era una maravilla, esperada con muchos días de anticipación.   

   Nosotros creíamos realmente en esa visita y yo era un entusiasta admirador de San Nicolás. Al despedirse de nosotros, mamá nos recordaba que él entraría en casa y dejaría juguetes para nosotros. Naturalmente yo quedaba muy intrigado y quería sorprender a San Nicolás en cuanto él entregaba el regalo, pero era tan hábil, y yo me iba a dormir con tanto sueño, que eso nunca sucedía. Aquella noche era imposible entrevistar a San Nicolás o agradecerle… Yo caía en la cama y me dormía oyendo los grillos, cuyo canto parecía el latir de todas las cosas a la espera de la sorpresa que vendría…  

   Entre tanto, por vuelta de las cuatro o cinco de la mañana yo me despertaba con curiosidad, queriendo saber si San Nicolás ya había venido. Y de hecho, ya había pasado… Recuerdo la deliciosa impresión que yo tenía al darme vuelta y sentir de repente el peso de una gran caja. Y pensaba: “¿Será que San Nicolás acertó?”  

   Sin embargo, mi reacción no consistía en saltar sobre el regalo. Hacía el siguiente raciocinio: “Si encendiese ahora la luz de la lámpara, me levantase y abriese la caja para ver lo que san Nicolás me trajo, mis padres lo notarán y me regañarán. Además de disgustar a mamá, voy a perder tres horas de espera gustosa y no tendré la alegría de ver el regalo mañana, cuando despierte. A esa hora habrá ya sol y todo estará más bonito. ¿No es mucho mejor deleitarme en esa expectativa que destruirla ahora, jugando excitado y después no conseguir dormir más? De este modo mantengo la esperanza y aprovecharé debidamente el placer. Voy a “beberme” esta buena sorpresa a pequeños tragos. Sé que me voy a despertar varias veces durante la noche y quiero sentir a mis pies el regalo. ¡Cómo es de agradable no verlo ahora sino apreciar la alegría que voy a tener mañana, sintiendo ese peso y palpando el bulto de placeres que me espera a la alborada! Voy a conjeturar lo que puede ser ese regalo, volverme para el otro lado y dormir de nuevo”. Y me sumergía entre las cobijas. El sueño infantil dominaba la situación y yo me dormía. Pero, poco tiempo después, la ansiedad por el regalo me hacía despertar otra vez y pensar: “Es pesado…” Y me dormía nuevamente.  

   ¡A las siete u ocho de la mañana teníamos la mejor despertada del año! Ninguna otra mañana -excepto que yo estuviese enfermo- sucedía esto: yo me despertaba y encontraba a mamá a los pies de mi cama, mirándome y deleitándose con el placer que yo iría a tener al ver el regalo. A todo lo largo de mi vida nunca contemplé mirada semejante. Y ella no sabía que para mí, ver su alegría era un regalo mejor que el juguete.  

   Cuando ella percibía que yo ya estaba despierto del todo, extendía sus brazos y me decía:   -¡Hijito! Y antes de yo abrir el regalo, me arrojaba en los brazos de ella, pues aquella interpenetración de almas valía para mí mucho más.Mi felicidad comenzaba con la caricia materna y, al mismo tiempo que la abrazaba, miraba la caja. Al poco rato se iniciaba para mí una de las mayores alegrías de la Navidad, que consistía en despedazar cintas, lazos y amarres, romper la caja si fuere preciso o abrirla y ver lo que san Nicolás había dejado. Y siempre era el juguete que yo más deseaba, de la Casa Lebre, de la Casa Grumbach o de la Casa Fuchs. No me acuerdo de una sola vez en que él me trajese menos de lo que le había pedido. Me maravillaba con la coincidencia y pensaba: “Ve pues… Cómo San Nicolás sabe de todo”. Y frecuentemente él me traía varios regalos, pues mi San Nicolás, era muy afectuoso. Sentía que él hacía algunos sacrificios para traerme un poco más de lo que le había pedido.   

   Yo jugaba hasta que mi padre despertaba y, entonces, iba con mi hermana a anunciarle la gran novedad: San Nicolás me había traído esto y aquello, y yo quería que papá viese. Entonces mi padre manifestaba sorpresa:-¡San Nicolás acertó! ¡Qué maravilla! Pero de repente, una voz se hacía oír:-¡Kinder, schnell!  (Niños, de prisa) Era la Fräulein mandándonos a bañar. Terminado este, íbamos a jugar al jardín, con el regalo de San Nicolás.

   ¡Qué alegría! En general el día era bonito, el jardín estaba florido y la grama reverdecida. Así, las delicias de la Navidad se prolongaban…

(1)De mundo de las hadas.

Last Updated on Sunday, 13 September 2015 22:23