La Noche de navidad

La fiesta de la Noche de Navidad  

   Continuando con el relato del Dr. Plinio acerca de sus navidades hogareñas de la infancia, transcribimos en esta parte la descripción de la celebración de la noche de navidad propiamente dicha. Era la alegría de la familia sentirse unida en torno al pesebre y el árbol, conmemorando la noche más feliz de la humanidad: El nacimiento de Nuestro inolvidable Redentor.                                                             

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Preparando la Navidad de los niños  

   Mi madre era el centro de la familia en lo que dice respecto al trato con lo pequeños, pues poseía un extraordinario don para eso y tenía un gran cariño, cuya exuberancia le agradaba mucho a los niños. Sus hijos eran naturalmente los primeros beneficiados, pero también los sobrinos, que eran muy numerosos. Si ella hubiese querido, habría dirigido un colegio a la perfección, de manera muy calmada, suave y delicada.  

   Siendo mamá la animadora de la Navidad, esta era en cierto sentido la fiesta de ella.   Ella aprovechó un hábito de su época y de su ambiente, pero, al mismo tiempo, se colocó en reacción contra él. Estábamos en un período de especial prosperidad en Sao Paulo y las familias organizaban grandes fiestas navideñas, dando buenos regalos a los hijos y preparando árboles de Navidad con toda especie de adornos e innumerables  comestibles. Sin embargo, aquel hábito tenía en vista era el gozo de la vida para los niños, mientras que el aspecto religioso -cuando existía- era difuso.  

   Mamá aprovechaba entonces la fiesta de toda la niñada, pero agregaba a ella una nota de piedad muy acentuada, de modo a darnos la idea de la buena alegría, lícita, honesta y terrenal, santificada por la yuxtaposición de la sacralidad.   

   Aquellos eran días de gran intimidad con Nuestro Señor Jesucristo Niño. A semejanza de Él, cuyo nacimiento fue ocultado a los ojos del mundo, también esa fiesta era preparada en el misterio, para los pequeños. Tres o cuatro días antes de la Navidad, los adultos confabulaban entre sí y acordaban el tamaño del árbol, los arreglos que se escogerían, los dulces que se servirían, lo que sería diferente en relación al año anterior y la colocación del pesebre a los pies del pino… No podíamos asistir a esas conversaciones, pero intentábamos escuchar una que otra palabra y sabíamos que todo lo que ellos harían era para nosotros.  

   Llegaban a nuestra casa, grandes cajas provenientes de las tiendas, que los adultos recibían y “confiscaban” inmediatamente, para que los niños no las pudiéramos abrir. Era, evidentemente, regalos y adornos para el árbol de Navidad… Veíamos también a las señoras salir sigilosamente y regresar cargadas de paquetes. Algunas veces oíamos furtivamente alguna cosa sobre los preparativos y comenzaban los telefonemas entre nosotros y nuestros primos, contando las últimas novedades importantes: -¡Oiga! Va tal adorno.   En esa etapa bendita de la vida, el feliz rumor tenía dinamismo y se prolongaba hasta la noche de Navidad…   

   El día 24 de diciembre amanecía completamente diferente de los otros días. Ya de mañana eran distribuidas algunas iguarías, dejando las más deliciosas para la noche. Se sentía mucho por todas partes de la casa el aroma del pan de miel –Honigbrot, según la expresión de la Fräulein- que yo comía en cantidades, con mantequilla.  

   Mamá compraba en los alrededores un pino que cupiese en la sala de juguetes y, ayudada por la Fräulein Mathilde, lo decoraba con alguna novedad cada año: una estrella muy grande y bonita, un ángel de papel pegado en un círculo dorado, azul o verde oscuro. ¡Toda especie de adornos! Y como el árbol llegaba al techo -a veces ni cabía y se inclinaba un poco- se hacía necesario el uso de una escalerita para adornarlo. A los niños les era prohibido entrar durante los preparativos, siendo relegados para el jardín, cuando el clima lo permitía.  

   Por la cinco o seis de la tarde, el movimiento en las calles comenzaba a disminuir. Se encendían todas las luces de las casas del barrio, lo que les daba un aire más festivo y, algunas veces, las salas de visita –que permanecían habitualmente cerradas en los días comunes, tenían sus ventanas ampliamente abiertas. Se veían árboles de Navidad levantados aquí y allá.  

   En la noche llegaban a nuestra casa todos los primos y primas, y entonces éramos reunidos todos en una sala pequeña intensamente iluminada. Eran unos veinte niños, que se trataban los unos a los otros de manera muy respetuosa pues estaban en trajes elegantes. Sin embargo no poníamos mucha cuidado a nuestras propias conversaciones, pues oíamos los cuchicheos de los adultos, veíamos misteriosas bandejas descendiendo y quedábamos intrigados queriendo saber bien lo que acontecía.   

   Al final, por vuelta de las nueve de la noche, aparecía mamá anunciando que la fiesta de Navidad iba a comenzar.

Stille Nacht, Heilige Nacht…  

   Entonces, nos cogíamos de las manos y comenzábamos a entonar cánticos navideños, en general alemanes –por la influencia de nuestra Fräulein y de la gobernanta de nuestros primos, cuya lengua todos hablábamos, sobre todo una canción que en portugués se traduce por Noche Feliz, pero cuya letra en alemán dice así:

Stille Nacht, heilige nacht.

Alles schläft, eisan wacht

Nur das tratute hoch heilige Paar.

Noche silenciosa, noche santa.

Todo duerme.

Solamente está despierto

El respetable y altamente santo matrimonio.  

   Descendíamos por la gran escalera de mármol, llevando la imagen del Niño Jesús con sus bracitos abiertos que era adornado por mamá todos los años con un vestido diferente. Dábamos una pequeña vuelta por el jardín, cantando; y cuando llegábamos a la sala de los juguetes la puerta estaba todavía cerrada… Entonces comenzábamos a golpear:-¿Cuándo está todo listo? ¡Por favor, abran ya!Lo que era seguido de un silencio lleno de promesas del lado de adentro.  

   Finalmente abrían y nosotros entrábamos, encontrando la sala completamente transformada.  Para mí todo aquello era de un enorme deleite: el árbol de Navidad, arreglado al estilo alemán, tenía en la punta una estrella dorada o plateada con un ángel. En las ramas había figuritas de papel representando ángeles y santos, velitas encendidas, bolas doradas, rojas, azules, plateadas, verdes, con tonalidades muy vivas. Me encantaba el pino y me parecía muy lindo, pero como yo siempre deseaba una perfección mayor, que no existía en las cosas terrenas, veía al árbol de Navidad como la figura de una planta que podría existir en el paraíso Terrestre.  

   Me parecía que realzaba mucho el encanto del árbol el hecho de tener caramelos y bombones colgando entre lo arreglos. Quizá mamá los colocaba por conocer mi apetito inagotable. En las cuatro esquinas de la sala había mesas llenas de dulces y salados, una de las cuales era reservada para los refrescos de jabuticaba y otras frutas, preparados en casa. Eran bebidas del Brasil antiguo, naturalmente no alcohólicas. También había pequeños regalos para ser distribuidos.  

   Sin dejar de cantar, formábamos un círculo, girando en torno al árbol, al pie de la cual estaba el pesebre con imágenes, figuras de pastores y, naturalmente, el burrito y el buey, que no podían faltar. A dos pasos del pino estaba mamá, encantada con la inocencia infantil y sonriéndole a lo niños que llegaban. Parecía tener en el corazón un árbol de Navidad para cada uno de ellos, pero muy especialmente para los dos de ella… Y yo pensaba: “Ella y el pino son parecidos…” Mucho tiempo después, comprendí que ella poseía en el alma, por así decir, mil adornos y mil velitas.  

   En aquellos momentos sentíamos dos aromas muy agradables: el del chocolate, que comenzaba a llenar las tazas, y el del pino, un poco chamuscado en la puntas de las ramas por causa de las velitas, aroma que quedó caracterizado para mí como uno de los perfumes típicos de la Navidad.  

   Nos hacían una recomendación formal: permanecer con las manos cogidas y no comer ni beber nada antes de haber rezado. Pero yo daba miradas furtivas a las mesas con toda especie de golosinas, para ver bien lo que había allí, sin osar salirme de mi lugar, pues mamá lo notaría pronto y no lo toleraría. Creo que yo era uno de los primeros en dar señales de cansancio en cierto momento, y que ella -conociendo a su hijo como la palma de su mano- entendía bien y mandaba parar la rueda. Sin embargo, ella nunca dejaba notar que lo hacía por mi causa, para no darme la idea de que estaba haciendo mi voluntad…

Rezando a los pies del pesebre  

   Comenzaba propiamente la conmemoración de la Navidad. Mamá se arrodillaba con todos los niños a los pies del pesebre, colocaba al Niño Jesús y rezaba varias oraciones un tanto largas, con mucha suavidad, piedad y seriedad. Creo que ella componía las oraciones en aquel momento, dedicándolas al Niño, a Nuestra Señora y a San José, y pidiendo estas o aquellas gracias, oraciones que eran repetidas por todos los niños. Nadie se atrevía a refunfuñar porque las oraciones estuviesen muy largas. ¡Ningún niño se levantaría por ejemplo a ir a coger mientras tanto algún chocolate y comérselo!  

   Durante la conmemoración todo el orden era mantenido por la simple presencia de mamá, de manera irreprochable. Sin embargo, por si acaso, nuestras gobernantas vigilaban y no dudarían en corregir severamente sin ceremonias al niño que desobedeciese. Pero durante las oraciones, solamente nuestra Freülein permanecía con nosotros. Ella era católica y se arrodillaba también y la otra era protestante y se retiraba para no hacer parte de las oraciones.   Después que mamá se levantaba, nuevamente nos cogíamos de las manos y dábamos dos o tres vueltas más alrededor del pino cantando villancicos.

La cena de Navidad  

   Finalmente mamá nos dejaba libres. Las niñas comenzaban a conversar y, para los niños, era precisamente la hora de avanzar sobre los adornos comestibles del árbol de Navidad y de las mesas en las cuatro esquinas de la sala! Todos los niños estaban con un apetito feroz, y yo era uno de los capitanes de la gran comilona. No dudo mucho que yo fuese, generalmente, el primero en comer, pues ese era mi modo de ser y no estábamos en edad de regímenes ni de penitencias…  

   Al poco rato todos estábamos hablando, comiendo y, naturalmente, también jugando a la manera brasileña.   Se puede imaginar lo que era un grupo de veinte niños juntos, comiendo y bebiendo en libertad!  Siendo yo muy amigo de los colores, mi atención era rápidamente atraída por unos caramelos dorados o de color naranja, en forma de pequeños anillos, de números o de animales, azucarados por fuera y rellenos de variados licores por dentro. Se rompía la corteza con los dientes y todo aquello era muy rico de masticar, pues no se trataba de mera azúcar; se tenía la impresión de estar comiendo un cristal inofensivo y quebradizo que desliéndose no cortaba la lengua sino que derramaba una bebida en la boca. Al final uno terminaba engullendo todo péle-méle (mezclado): pedazos de dulce triturado, azúcar y licor. Era una combinación bien agradable.   

   Había otras clases de dulces y nunca sucedió que faltara cualquier cosa en aquel festín de niños, gracias a Dios.  Muy por el contrario, al final quedaba sobrando mucha cosa intacta pero no podíamos llevar nada que fuera alimentos para las habitaciones. El contrabando era severamente prohibido…   

   Mamá permanecía de pie, mirando todo afectuosamente, pero manteniendo las cosas en orden, ayudada por la Fräulein y la otra gobernanta, que había regresado tras la finalización de nuestras oraciones. De lejos oíamos los cantos de otros niños que también celebraban su Navidad. Casi no se oía bulla en las calles, pues la fiesta era realizada  por las familias al interior de sus casas.  

    Todo eso nos daba una felicidad cándida, pura y virginal, que no era perturbada por intemperancia alguna. Ninguno de los niños hacía travesuras o patanerías, y todos jugaban entre sí con la mayor calma, dentro de aquella paz que parecía emanar de las imágenes del Niño Jesús y de Nuestra Señora, difundiéndose por toda la sala. Esa alegría nos transmitía algo que no sé expresar bien, pero era algo así como la idea de que un Niño nos había sido regalado -“Puer natus est nobis- y que una gran dicha había bajado del Cielo. ¡Yo tenía la sensación de estar viviendo la Navidad! Para mí, era como si el Niño Jesús naciese realmente y estuviese junto a nosotros.  

   Nuestra fiesta duraba más o menos dos horas. En cierto momento, oíamos las campanas de las iglesias que comenzaban resonar y los adultos salían para asistir a Misa de Gallo, a la cual los niños no eran llevados en aquel tiempo. Estábamos en un período de anti-clericalismo muy fuerte de parte de ciertos sectores, y existía el recelo de haber disturbios durante la celebración.  

   Entonces, las gobernantas mandaban terminar ya nuestras fiestas: -¡Kinder, rash! (niños, deprisa)   Subíamos cantando nuevamente y nos despedíamos de nuestros primos. Al final de un día tan repleto, estábamos muy cansados por el bullicio de la conversa y también por no habernos podido sentar durante la cena, obligados a permanecer de pie hasta el fin. Yo subía a mi cuarto, me lavaba, cambiaba de ropa y acostaba, lleno de alegría por aquel orden, aquella tranquilidad y aquella intimidad de la fiesta familiar, la cual, entre tanto, tenía una solemnidad de protocolo y distinción que no se habría de repetir durante el año.  

   La Navidad todavía nos tenía reservadas las delicias del reposo. La ropa de cama había sido cambiada ese día. ¡Cómo estaba de agradable la almohada¡ ¡Cómo estaba de blando el colchón! Yo me dormía arrullado por el recuerdo del Stille Nacht, con la satisfacción de la inocencia.  

   ¿Estaba acaso ya clausurada la Navidad de los niños? ¡No! Comenzaba lo mejor.

Last Updated on Sunday, 13 September 2015 22:23