Alegría pre-navideña

   ¿Cómo era celebrada la Navidad en casa de una familia católica latinoamericana de clase alta en la ciudad de Sao Paulo (Brasil), poco antes de que estallara la Primera Guerra Mundial?   

   Es lo que nos relata el Prof. PLINIO CORREA DE OLIVEIRA recordando su infancia, su querida madre y su inocencia primera.   

   Amena lectura para estas fiestas navideñas, que si las vivimos amorosamente unidos en familia a lo pies del Niño Jesús rezando su novena, bien podría prepararnos para restaurar en nuestra alma las gracias primaverales de la inocencia bautismal, y recordar las navidades de la infancia, para atraer de nuevo sobre el país, los ángeles de aquella gracia Navideña, que los excesos de la comercialización y el consumismo “Hollywoodiano” ha alejado mucho de nuestros hogares católicos.

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                                                   Recuerdos de Navidad

                                                                  -Notas Autobiográficas-

                                                                  Plinio Correa de Oliveira  

   Tal vez de nada en mi infancia tenga yo más bellos recuerdos que de la gracia de la Navidad. Lo que hubo de más maravilloso para mí en esa edad quedó en mi memoria representado por esa fiesta. ¡La alegría de Navidad! Era intensa, calma, dulce, suave, elevada, “ordenativa” y “equilibrante”.

-Alegría previa a la Navidad  

   Cuando se aproximaba la Navidad, todo era invadido por una cierta paz y recogimiento. Era algo que mi alma sentía como un susurro venido de muy alto, más elocuente que todos los discursos, que me convidaba a no prestar atención en otras cosas. Me parecía que un principio de pureza, de limpieza, de honestidad, de bondad y de candor bajaba sobre la tierra y alteraba las almas de todos los hombres: la maldad humana se encogía y los ángeles abrían las alas. Yo realmente tenía la impresión de que ellos descendían a la tierra…  

   Las personas comenzaban a ser más benévolas, haciéndose pequeños favores unas a otras; hasta los niños egoístas y antipáticos prestaban de buena gana sus juguetes… Los adultos se nos acercaban a los niños como si quisiesen auscultar en nuestros ojos el recuerdo de lo que fueron las Navidades de ellos… Incluso los parientes ateos nos miraban con cierto respeto y ternura, viendo repetirse en nosotros una alegría que ellos, por impiedad, tal vez hubiesen perdido. Y yo, imaginaba que ellos participaban del mismo júbilo navideño, pues nos saludaban con más afabilidad que lo normal y cedían a nuestros pequeños caprichos.  

   Diez o quince día antes se establecía una expectativa y la alegría comenzaba a bajar sobre la pequeña ciudad de Sao Paulo, impregnando el ambiente en todos los rincones. Para los niños, ese sentimiento no era nada teórico: se trataba al mismo tiempo de la ansiedad por la venida del Niño Jesús, pero también de la perspectiva de la fiesta de Navidad en sus aspectos humanos y terrenos. Eso hacía parte de las armonías y delicadezas de alma que solamente la Iglesia es capaz de transmitir.  

   Se trataba de una gran fiesta, llena de piedad y respeto, en la cual venían especiales gracias de Dios.

-Refrigerio en la “Casa Mappin”  

   Las madres iban con sus hijos a las jugueterías y de paso a alguna heladería o bizcochería para que sintieran el gozo navideño. Mamá llevaba a los tres niños al salón de té de la Casa Mappin, lo que constituía para mí una de los puntos culminantes de la preparación de la Navidad.  

   Para esa ocasión yo debía usar traje marinero arreglado con un cuello especial y adornado con terciopelo, lo que entre otras, no me gustaba ya que me complicaba mis movimientos. Me vestía bien para no recibir críticas de estar mal vestido, y así no tener fastidios… ¡Si se trataba de tomar un buen refrigerio en el Mappin,  yo me ponía de muy buena gana los terciopelos!  

   Esa Casa era un excelente almacén inglés de artículos domésticos. Situada en la parte alta del centro de la ciudad, en la calle 15 de Noviembre, ocupaba todo el espacio entre dos calles y el fondo daba a una colina cerca de la Campiña del Carmen, muy bonita en aquel tiempo. En el piso más alto había un gran salón de té, donde normalmente había músicos tocando piano, violín y otros instrumentos.  

   Mi madre acostumbraba escoger una mesa al fondo, cerca de grandes ventanales abiertos, de donde había una buena vista y se gozaba de un fuerte viento, como nos gustaba a la Fräulein (1) y a mí. Entonces en aquel enorme salón, con todas las damas muy bien vestidas, usando joyas y sombreros, y también con todos los niños vistiendo ropas finas, se formaba un ambiente de lujo, frescura y urbanidad.  

   Viento, té, emparedados, tostadas, chocolate… Yo me regalaba, por ser entusiasta del lujo, de la pompa, de la gala y de los adornos y objetos finos, pues me parecía que ennoblecían la propia alma del hombre. Por otro lado, yo era un gastrónomo de primera línea y tenía un caluroso entusiasmo, casi “doctrinal” por el viento. Y todo eso en compañía de mamá, ¡era para mí lo que había de más delicioso!  

   Me parecía que la satisfacción de mi cuerpo, en contacto con aquel ambiente, era semejante a la alegría de mi alma al recibir las gracias de la Navidad que se aproximaba. Y yo pensaba: “Es muy cierto: ¡el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo está cerca! Dentro de poco se conmemorará que Él nació en un pesebre, nació de la Virgen María, bajo el mirar de San José. ¡Oh belleza, Él está por llegar!  

   El refrigerio -al estilo inglés- constaba de té con leche, tortas, helados, emparedados con jamón importado y algo muy simple de lo que gustaba enormemente: tostadas con mantequilla derretida. La charla durante el té era común y familiar, pero teníamos prohibido hablar de las personas que estaban presentes en el salón, para evitar que hiciésemos observaciones señalando con el dedo y riendo… Además, siempre tuve la costumbre de hablar alto y los vecinos oían, de manera que por la expresión de la Fräulein Mathilde: ¡es ist verboten! (¡Es prohibido!), nos estaba severamente prohibido hacer cualquier tipo de observación indiscreta. Yo era obligado a quedar quieto, pero mantenía deseos de comentar todo lo que veía…

-Las jugueterías  

   Saliendo de allí, íbamos a dar una vuelta por las jugueterías a fin de que escogiéramos los regalos navideños, acompañados por mamá y la Fräulein, para ayudarnos a no pedir bobadas.  

   La misma alegría se veía en todas las madres, que llevaban sus hijos de un lado para el otro. Las calles del centro de la ciudad se llenaban de niños riendo, arreglados como nosotros y engalanados con trajes pomposos, algunos llevando los brazos cargados de regalos y la fisonomía reluciendo de satisfacción. Una señora pestañaba un ojo para la otra como diciéndole: “pero que niño tan gracioso”. Y la otra madre quedaba toda contenta…  Ellas se vestían mejor en esos días, los restaurantes desbordaban, se oían personas cantando y música navideña sonando en los gramófonos de las tiendas. El centro entero de la ciudad cantaba, adornado para la Navidad, y ese impulso festivo se comunicaba a toda la ciudad. Se sentía en las calles el aroma del pan de miel…  

   Sao Paulo era pequeña y existía en ella pocas jugueterías, que exponían excelentes artículos importados. Una de ellas era la Casa Lebre, de portugueses -en la confluencia de la calle 15 de Noviembre con la calle Derecha-  donde se vendían juguetes buenos y baratos. La segunda era la Maurice Grumbach y la tercera una tienda alemana llamada Casa Fuchs. Esta poseía una gran fachada de dos o tres pisos en la calle Libero Badaró, casi en la plazuela San Bento, y su fondo llegaba hasta Anhangabaú.  Por último estaba la Casa Yankee, norteamericana.

-Visitas a la Casa Fuchs  

   ¡Estas eran para mí un punto alto de la vida! Mamá ponía mucha atención viendo lo que nosotros deseábamos o, entonces nos preguntaba:

   -¿Qué quieren ustedes que San Nicolás les traiga?   Escogíamos los juguetes y yo tenía la convicción de que San Nicolás me traería lo que yo desease…  

   Me gustaba ir a la Casa Lebre, pero definitivamente mi preferida era la Casa Fuchs. Recuerdo incluso, perfectamente, las secciones del almacén, las escaleras y las estanterías. Vendían allí artículos alemanes, evidentemente, pero de vez en cuando aparecían también por ahí juguetes franceses. ¡Y esa mezcla franco-germana me encantaba! En época navideña todo el establecimiento era adornado con cipreses y enormes guirnaldas, hechas con ramas de pino y frutitas coloridas. Repicaban las campanitas de las casa de muñecas y las vitrolas tocaban bonitas canciones alemanas de Navidad como el Tannenbaum.  

   Había allí trenecitos eléctricos y otros artículos que me dejaban entusiasmado. También colocaban en esa tienda panes de miel de varios gustos y tamaños que yo admiraba todavía más que los propios juguetes, sintiendo ganas de comprarlos todos para comérmelos ahí mismo…  

   En aquellas ocasiones, el ambiente de la Casa Fuchs me parecía el resumen de todas las delicias de la vida. Todo cuanto había de agradable en la existencia cotidiana era elevado a un pináculo, y yo quedaba lleno de alegría y bienestar, sin ningún deseo de salir de allí. No comentaba mucho yo esta alegría y guardaba discreción, pues percibía que los otros niños no tenían tanto entusiasmo por lo juguetes como yo. Algunos de ellos miraban inmediatamente el precio de los artículos y querían el más costoso por parecerles que eso daba más deleite. Yo ni me preocupaba con el valor de los juguetes. Existían algunos muy costosos que yo deseaba enfáticamente, pero también había otros más baratos que yo pedía igualmente.  

   De regreso a casa, de vez en cuando me acordaba de la Casa Fuchs y deseaba mucho retornar a allá, pero mis padres no me dejarían y dirían: “Si ya ha escogido sus juguetes ¿qué va ira hacer allá?” Y además pasaría por la vergüenza de hacer un pedido si propósito.

-La colorida plastilina de la Casa Yankee  

   Muchos niños gustaban de la Casa Yankee, por haber allí muñecos mecánicos y juguetes semejantes, pero a mí no me atraía tanto como las otras tiendas. Esos artículos no eran hechos para mí que los dañaba sin querer.  

   Sin embargo, vendían allí unas cajas con cierto tipo de masa con cuatro o cinco colores, con la cual los niños podían construir y modelar pequeñas casas, tapias y otras cosas idealizadas por ellos mismos.  

   Aquello era muy barato y a algunas veces yo lo escogí entre otros. Mi hermana decía:-¿Para qué esa bobada?

Yo le respondía:

-¡Quiero!  

   Esa sustancia tenía un olor particular. Pero me parecía que, bajo cierto aspecto, olía agradablemente y tenía el olor y la consistencia propios a los colores que presentaba.       

   Es preciso decir que mis construcciones eran las más desarrapadas y feas posibles, pues yo no tenía habilidad manual para ejecutar lo que estaba en mi mente, pero yo jugaba mucho con ella y gustaba vivamente de moldearla para “relacionarme” con los colores.   

   Y aquel olor, sumado al agradable perfume de las ramas de pino, era para mí una especie de síntesis de todos los juguetes y permaneció en mi memoria como el aroma característico y simbólico de la época navideña. Todo eso me daba un placer enfático y un enorme e inocente gusto de vivir.

(1) Gobernanta de niños, en alemán.

Last Updated on Sunday, 13 September 2015 22:23